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    Rafael Rasco, un pintor con mucho arte y poca biografía La fecha de su nacimiento, 1937, parece sugerir que Rafael Rasco es un pintor con un curriculum impresionante. Y efectivamente lo es, sí; pero si cuando hablamos de un pintor y de su curriculum nos referimos a exposiciones , premios, presencia en libros, catálogos, certámenes y medios de comunicación social, entonces la biografía curricular de Rafael Rasco es menos densa y menos importante que la de cualquier pintor joven, porque...

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    Rafael Rasco, un pintor con mucho arte y poca biografía



    La fecha de su nacimiento, 1937, parece sugerir que Rafael Rasco es un pintor con un curriculum impresionante. Y efectivamente lo es, sí; pero si cuando hablamos de un pintor y de su curriculum nos referimos a exposiciones , premios, presencia en libros, catálogos, certámenes y medios de comunicación social, entonces la biografía curricular de Rafael Rasco es menos densa y menos importante que la de cualquier pintor joven, porque Rafael es un pintor con muchísima vida artística a cuesta, pero no esa vida social que tiene después su reflejo en lo que dice de él esa literatura de periodistas, escritores y críticos con la que un pintor puede ir construyéndose un nombre y un prestigio que redunden en una mayor cotización económica. Si contendiera con esos jóvenes tendríamos un resultado sorprendente: el maestro y gran pintor que es Rafael, maestro en la más alta significación de la palabra, es decir, de esos que poseen la autoridad y el suficiente valor pedagógico como para impartir clase de pintura y transmitir a los demás su arte, nos mostraría un curriculum vitae, o biografía, o palmarés tan constreñido, que cabría en un folio a pesar de haber vivido una existencia artística larga y de novela, mientras que uno de esos jóvenes que tanto podría aprender de su alto magisterio pictórico, sin arrugas de expresión todavía en su rostro barbilampiño, sin haber lidiado el toro de la adversidad y a años luz de la biografía y del talento artístico de Rafael, nos enseñaría un volumen denso y una literatura pródiga en ditirambos y halagos de plumíferos y críticos hablándonos de su participación en exposiciones individuales y colectivas, de primeros premios o menciones especiales. Así que vamos a intentar explicar eso, porque en una sociedad que se mueve a impulsos del marketing las personas de la integridad artística, moral y ética de Rafael Rasco tienen poco que ganar y mucho que perder.



    Nacimiento de Rafael Rasco



    Rafael, ya lo hemos dicho, vino al mundo en 1937. Nació en Ayamonte, un pueblo de tantos pintores que el fenómeno ha trascendido y llama poderosamente la atención. Muchos han querido explicar eso recurriendo a la luz, a la blancura y a la claridad de la ciudad, tan fuerte y luminosa que cuando rodaron en Ayamonte la película ?Curra Veleta? el actor Valeriano León le comentó a un barbero conocido como Curro, culto e inteligente, que se podría rodar sin focos. Pero la luz es connatural a todo Andalucía, especialmente a la Andalucía Atlántica, así que el motivo de que en Ayamonte exista tal pléyade de pintores tiene que ser otro. Hay quienes creen que el pintor valenciano Joaquín Sorolla tuvo mucho que ver en el fenómeno, incidiendo en él debido al mimetismo que entre los ayamontinos generó el arte y la presencia del pintor impresionista valenciano en la ciudad, a la que acudió en 1919 para pintar ?Ayamonte: la pesca del atún?, obra que se conserva en el Museo Hispánico de Nueva York y que en 2007 llegó a España para ser exhibida en museos de Sevilla, Valencia, Madrid y Barcelona. Pero muchos años antes de que Sorolla llegara a la ciudad en Ayamonte ya había bastantes pintores, y buenos, así que la razón de semejante proliferación no es explicable ni por la luz ni por el ejemplo dinamizador que con el paso de los años haya podido representar Sorolla. La razón tiene que ser otra y nosotros no vamos a devanarnos los sesos buscándola porque no es esa la razón por la que escribimos estas líneas. Si lo hemos comentado es para enfatizar que nacer en una ciudad así, blanca, luminosa, con un río y un mar que invitan a la escapada y al sosiego, rodeado por una sensibilidad proclive a la cultura y al arte, es ya un motivo para que uno busque un modo de expresión para pronunciarse y entender al mundo que le rodea. Y Rafael Rasco Expósito, hombre sensible, poeta sin él saberlo, lírico de trazos, formas y colores, niño imaginativo y furiosamente existencial que pensaba mucho, cogió un día un pincel y se dijo para sí que su lenguaje iba a estar determinado por el universo de las imágenes y los colores. Es decir, sería, de todas a todas, pintor. Ergo: hablaría con los pinceles. Sería pintor a las verdes y a las maduras y costase lo que costase. El destino determinaría que lo sería más a las verdes que a las maduras y que conseguirlo le costaría mucho, como corresponde a los verdaderos maestros.



    La marcha de Ayamonte



    Así que en la década de los sesenta, asfixiado por la falta de horizontes de una población tan pequeña y atenazada todavía por las consecuencias de una posguerra que tenía sumida a la población en un colapso económico y laboral que no estaba para lanzar cohetes al aire, decidió irse, porque en una ciudad así, ¿quién compraba e invertía en arte? Sumido en un panorama tan desalentador, Rafael pintaba y soñaba. Su consejera -¿es posible hablar de maestra?- era Lola Martín, todo un referente artístico en la provincia de Huelva. Bajo sus consejos, él y alguien muy grande y también sin la proyección artística que se merece y que realmente él no ha buscado, me refiero a Ángel Rodríguez, nacido ?D?Esury? para el arte, fue creciendo en la pasión por la pintura, buscando ambos acomodo en un local que hoy es un bar, un bar cuyo nombre resume en la actualidad las ilusiones que Rafael Rasco albergaba entonces en su corazón: Esperanza. Ese local fue uno de sus estudios, uno de los úteros protectores donde se fue gestando como artista, donde pintaba modelos al natural, personajes ayamontinos tan insólitos y humanos como Pepe Belmonte, un hombre de labios leporinos y pies torcidos, bueno como el pan blando de tahona, que se acercó tímidamente a Sorolla cuando el pintor levantino estuvo en Ayamonte y al que, ¡asómbrense!, entre los brochazos y las pinceladas con las que el valenciano dejaba boquiabiertos a los curiosos, Belmonte le limpiaba aquellos pinceles llenos de luz con los que el genio impresionista trazaba líneas elípticas en un lienzo en el que esas líneas se iban transformando en personas, olas y atunes. De ese estudio oscuro, largo y hondo, ubicado frente al Paseo de Tetuán, centro neurálgico de la vida comercial y social de Ayamonte, Rafael Rasco partió hacia la aventura. Es difícil imaginar a alguien tan unido como a él a su tierra de nacimiento haciendo la maleta ?maleta pobre, de emigrante- para ir a buscar su gloria teniendo ante sí tanto infierno por recorrer. Pero fue así como ocurrió y así lo contamos.



    Un acuarelista de gran categoría



    Pese al alto magisterio de Lola Martín, a su positiva influencia, Rafael es un pintor autodidacta y así lo ha reconocido él en una especie de autobiografía: ?Mi formación ?nos dice- es autodidacta. He participado en varias exposiciones colectivas e individuales a todo lo largo de mi vida profesional. He sido premiado con segundos y primeros premios. Mi participación en certámenes ha sido escasa? En esa escasez, en ese pintar y pintar pero no prodigándose exponiendo una obra que estaba pidiendo a gritos el reconocimiento que se merecía, radica una biografía raquítica de cara a la galería. Cuando el pintor nos confiesa que ?parte de mi trabajo se encuentra en colecciones particulares, dentro y fuera del ámbito nacional, mayormente acuarelas, disciplina que defiendo con el corazón, y en la que me encuentro completamente a gusto, pero que alterno con la pintura al óleo?, no está explicándonos cómo ha sido adquirida esa obra, porque conociéndole como le conocemos somos capaces de asegurar que esos compradores han sido atraídos a su obra por el sistema valorizador del boca a boca, avalador de su gran categoría como acuarelista, un acuarelista que actualmente, para demostrar que nada en el arte de los pinceles le es ajeno, anda pintando al óleo, admirando y deslumbrando a quienes, erróneamente, se atreven a juzgar el arte de la acuarela como una hermana menor de la pintura.



    Trabajar para vivir



    Sabemos también que aunque ha ?pintado carteles de gran formato para las salas de cine y teatro en mi larga estancia en Valencia, así como pintura mural cerámica, de grandes dimensiones, en mi taller de Manises, donde trabajé artesanalmente más de 30 años: figuras, paisajes, marinas, retratos, sin olvidar la porcelana y la cerámica popular, trabajos de cerámica que están repartidos tanto en España como en el extranjero?, no era eso a lo que aspiraba cuando quemó sus naves y partió de Ayamonte. Atrapado en esa realidad, obligado a ganarse la vida para ir sobreviviendo, Rafael Rasco hacía, ?de vez en cuando, alguna exposición colectiva?, pero obligado a ganarse la vida para poder comer, pragmático a la fuerza, continuaba recorriendo un camino que, sin abandonar del todo los parajes del arte no era lo que se había propuesto. Y no lo era a pesar de que ?he trabajado desde el principio al fin en el artesonado de la Sala III (Sala de los Fueros) del Ayuntamiento de Valencia?, y de que ?fue en Manises, desde el 18 al 26 de junio de 1983, y bajo el título ?Manises y la pintura valenciana actual?, organizada por el Ateneu Cultural i Recreatiu Cant y Fum, en su IV Semana Cultural, patrocinada por el Ayuntamiento de Manises, cuando colgó su obra ?junto a la de artistas tan afamados como Alex Alemany, Pedro Cámara, Giner Bueno, Genaro Lahuerta, Francisco Romero Botet, Eustaquio Segrelles y otros de no menos relevancia? En su fuero interno él sabía que para volcarse en la pintura necesitaba una cierta estabilidad económica y un cambio de vida. Y entonces, como Ulises con su Ítaca, se le plantea la vuelta a los orígenes, sabedor de que el Ayamonte que abandonó ya no es el mismo, de que el nivel de vida de sus habitantes es otro y de que el arte, ahora, se vende y por tanto da para comer, como lo demuestra el ejemplo de la mayor parte de los pintores de Ayamonte, algunos de los cuales se han instalado en la fama y figuran entre los pintores más cotizados no sólo de la provincia sino de toda Andalucía. Se dijera que Rafael Rasco ha comprendido lo que en su día comprendiera Juan Ramón Jiménez y tantos artistas que han universalizado su arte: a lo universal se puede llegar por lo local.



    Pintor, no relaciones públicas



    Rafael Rasco, que es un gran pintor al tiempo que un malísimo relaciones públicas de su talento creativo, un brillante de muchísimos quilates, pero incapaz de valorarse a sí mismo, apenas tiene una biografía expositora que oponer frente a quienes son unos pintores mediocres pero maestros brillantes en el ?arte? de la propaganda y el marketing, mecanismos capaces de vender lo invendible y de fabricar biografías altisonantes como se fabrican churros. Rafael no ha expuesto mucho y cuando le ha dado por hacerlo su obra ha llamado poderosamente la atención. Críticos como Francisco Rafael Borrás Sanchis, académico C. de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos y director de ?Els Arcs?, han señalado que ?su técnica es la acuarela de trazo ligero y aguadas suaves y trasparentes: cielos que semejan algodón, agua que parece presta a saltar el marco, paisajes que tienen vida. Y todo envuelto en un velo misterioso de romance y poesía. Hasta en los cuadros de ambiente dramático se respira un cierto lirismo. Rafael Rasco debería reprimir menos los sueños y prodigar más su obra, porque en un mundo donde la cosa práctica parece imponerse, bueno es que existan soñadores que nos recuerden que el hombre no es sólo materia, sino también espíritu? Y Enrique Montenegro Pinzón, un referente en la crítica de arte en Huelva, con motivo de una de esas exposiciones colectivas en las que ha participado Rafael, escribió en el diario Huelva Información del 31 de agosto de 1983 que ?Rafael vive y ama el paisaje, hasta hacerlo suyo, hasta alcanzar la transmutación que le permite vislumbrar su secreto. Sus paisajes son límpidos, claros, entre azules y grises, diáfanos y sin estridencias lumínicas y se asoman a la superficie sin fin y a los horizontes sin límites, con una técnica precisa de ajustados valores que traducen bajo una forma llena de alegría, la imagen de nuestro mundo.? De él se ha dicho también, lo dijo el autor de estas líneas e igualmente en el Huelva Información y también en agosto de 1983, que ?es un pintor total y abierto, capaz de llevar a quienes contemplan su arte a la convicción de que es facultad sólo reservada a los maestros el conseguir que lo difícil parezca fácil?. Y remataba yo aquella apreciación mía con esta frase tan categórica que sigo refrendando desde un veredicto que he procurado cernir por el tamiz de la objetividad: ?Rafael aparece hoy entre procesiones estatuarias de nuestra pintura consagrada?



    ANÍBAL ÁLVAREZ

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